Xavier Llegorreta
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Te veo…,o no. Por Alberto Reyes. Una experiencia cubana.

Te veo…, o no.

Me han dicho que existe una tribu africana cuyo equivalente a nuestros “buenos días” es “te veo”. Me parece un canto a la persona: te veo, existes, estás aquí.
Imagino, sin embargo, que al igual que en el resto del universo, también en esa tribu habrá personas que se caen mal, personas ante las cuales tal vez se cambia la mirada, no para que no se produzca el encuentro inevitable, sino para hacer como que no te he encontrado, como que no existes, como que no estás delante de mí, como que no te veo.
Algo así siento que pasa en mi tierra. Algunos parecen no ver la realidad, pero la realidad se impone, y este pueblo tiene buena la vista: vemos que es una sociedad que no progresa, vemos que resolver lo básico de la supervivencia humana sigue siendo una versión cotidiana de “misión imposible”, vemos que desde los órganos rectores de la sociedad todo se ordena y se reordena y nada se termina de ordenar, vemos que tenemos que vivir en medio de la corrupción y la ilegalidad, vemos que el sistema educativo es cada vez más ineficiente e incapaz de preparar a nuestros hijos para la vida, vemos que por muy buenos profesionales de la salud que tengamos, ni ellos ni nosotros tenemos los medios para vivir con salud, vemos un sistema de seguridad en alerta continua para reprimir el más mínimo intento de protesta, vemos violencia donde debería haber diálogo sereno… Vemos, vemos, vemos…, mientras a nuestro alrededor los medios oficiales de ¿información? siguen describiendo lo maravilloso y paradisíaca que es la vida en esta isla nuestra.

“He visto”.

La semana pasada, un grupo de sacerdotes, religiosas y laicos, hicimos pública una carta repitiendo las palabras de Dios a Moisés: “He visto”, porque vemos la aflicción de nuestro pueblo, vemos que la realidad es desgastante, vemos a un gobierno que parece mirar hacia otro lado y que no da señales de adherirse a la idea del “con todos y para el bien de todos”.
No hemos escrito como políticos sino como pastores, hemos plasmado lo que ven nuestros ojos y nuestra fe ilumina, en línea con el magisterio de nuestros obispos.
¿Cuál ha sido el objetivo de esta carta? En primer lugar, dar voz a lo que existe, hacer público lo que tantos cubanos dicen bajando la voz y en privado, y lanzar una propuesta al diálogo, a la búsqueda común de soluciones, si bien no puede darse el diálogo si las dos partes no están dispuestas a hacerlo.

Reacciones.

Muchas gente se ha adherido públicamente a esta carta, aunque cabría preguntarse, ¿es significativo que sólo poco más de 600 personas la hayan firmado? ¿No somos un país de más de once millones de habitantes? ¿Nos equivocamos al pensar que la carta refleja el sentir de la mayoría de los cubanos? Pero basta hablar con la gente para darse cuenta de que hay mucho más de lo que está en las firmas.
Más allá del número de personas en Cuba que no interactúan en las redes sociales, mucha gente ha tenido miedo de ver su nombre apoyando un texto con el cual están plenamente de acuerdo, algunos han firmado y luego han pedido que se retire su firma, por la misma razón: “¿y si nos pasa algo…?” Algunos han sido coaccionados a no firmar o a retirar sus firmas. En todos, el mismo denominador común: miedo, miedo, miedo, un miedo paralizante que se nos ha metido en los tuétanos y que nos detiene, un policía interior severo y amenazador. Un matrimonio decía a un sacerdote: “Padre, hemos retirado nuestros nombres porque nos da miedo tener problemas en el trabajo, apoyaremos la carta con nuestra oración”.

Entre miedos y miedos.

A veces nos bloqueamos entre dos versiones de lo mismo, sin analizar la opción que podría llevarnos a lo que nuestro espíritu quiere. Por una parte, tenemos miedo a manifestarnos, a pedir cambios, a decir lo que sentimos como verdad, por si nos pasa “algo”. Por otra parte, convivimos con el miedo: a la policía, a la Seguridad del Estado, a los chivatos del barrio, a los que puedan saber algo de nuestras gestiones ilícitas para “resolver” la vida, al comentario que “se nos escapó”…
Si optamos por el segundo tipo de miedo, lograremos sobrevivir, pero viviremos y moriremos en medio de sobresaltos, y con la certeza de que nunca nada será diferente, ni para nosotros ni para nuestros hijos. En el primer caso, claro que puede haber consecuencias, pero estaremos caminando hacia la vida que queremos, para nosotros y para los nuestros, estaremos haciendo algo por la Cuba que soñamos, con la esperanza de que algo podrá ser diferente.
Nos pasa como la mujer abusada que vive con miedo a su esposo, pero que no se separa porque tiene miedo de lo que él podría hacerle. ¿No es mejor enfrentar el miedo que puede llevarnos a un camino diferente? ¿O acaso creemos que no tenían miedo aquellos que en Europa del Este empezaron a ir a las plazas lunes tras lunes, en las llamadas “manifestaciones de los lunes”, a pedir libertad? ¿Acaso creemos que los que se les fueron uniendo poco a poco tampoco tenían miedo, porque ya había otras personas haciéndolo? ¿Alguien piensa que el día en que Mahatma Gandhi se plantó ante los ingleses lo hizo sin miedo, o que los indios que lo siguieron tampoco lo sentían? ¿No tenían miedo los negros que, siguiendo las indicaciones de Martin Luther King, entraban a restaurantes para blancos y se negaban a irse hasta que la policía venía y los detenía? ¿No tenían miedo los otros que, a los pocos minutos, volvían a hacer lo mismo, hasta que las oficinas de detención colapsaban? ¿No tuvieron miedo los dos millones de personas que a lo largo de 670 km hicieron una cadena humana a través de Lituania, Letonia y Estonia para decir pacífica pero enfáticamente que no querían estar bajo la ocupación soviética?
Un gobierno puede reprimir a una persona, en un lugar, en un momento, pero no puede reprimir a todas las personas, en todos los lugares, en todos los momentos.

¿Y si resulta que estoy cansado?

Sí, ¿y si resulta que estoy cansado de aguantar, de mentir, de vivir envuelto en mis miedos?, ¿y si resulta que quiero una Cuba diferente, plural, abierta, culta, económicamente floreciente, una Cuba sin golpes, sin groserías, sin bajezas?, ¿y si resulta que no me quiero ir a buscar esos ideales fuera, sino que los quiero dentro, donde nací, donde crecí, y donde quiero morirme? ¿Y si resulta que estoy cansado de esperar los cambios y empiezo a preguntarme qué puedo hacer?
Todos nosotros aprendimos a caminar con miedo e inseguridad, y aquellos que hoy sabemos montar bicicleta, nadar, patinar, bailar…, lo logramos no porque no tuvimos miedo, lo logramos porque lo intentamos, a pesar del miedo.

Comentarios

  1. Qué artículo de permanente actualidad en tantas sociedades de personas a lo largo y ancho del mundo, donde el MIEDO acobarda, atenaza y esclaviza a tantos y tantos.
    Muy triste que no se quiera buscar una solución a tantos males.
    Que la esperanza mantenga en la brecha a los que quieren dar a las generaciones futuras un mundo mejor.

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