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Archivo por Categoría: Socialismo y Comunismo

Silencio (En Cuba)

Por Alberto Reyes.

Hace mucho tiempo, una mañana, o una tarde, no sabemos, de camino o sentado bajo una palmera, un tal Jesús de Nazaret dijo a los que estaban con él: “La verdad los hará libres”.

Es cierto que la mentira es enemiga de la verdad, pero no es el enemigo más temible. Hay otro enemigo más solapado pero muchas veces más potente: el silencio.

El silencio es un arma del mal. Es el arma del chantaje, de la manipulación, del abuso. Es el arma de la represión: no hables, no cuentes, no digas, no denuncies, porque si lo haces…

Y claro, nuestra mente es creativa, y ante una frase tan ambigua como: “si hablas va a ser peor”, la mente tiene combustible para desplegar ante si los escenarios más terribles, y esto activa nuestro policía interior, y ya no hace falta más presión externa, porque cuando nos auto silenciamos, el trabajo ya está hecho. Pero el silencio no es la mejor opción.

¿Qué ha pasado después de aquel día en que todo un pueblo salió a las calles gritando “libertad”, “Patria y Vida”, “cambio de sistema…”? Lo primero, golpes, represión violenta, arrestos en masa. Luego, detenciones puntuales, un día, y otro, y otro, con policías que llegaban a las casas no de uno en uno ni de dos en dos y, ciertamente, no en modo civilizado, sino policías en masa, con violencia, con prepotencia, con la arrogancia que da el actuar en medio de un grupo de fuerza. Detenciones, desapariciones, abusos, golpes…, con un denominador común: no protestes, no denuncies, no hables…, porque va a ser peor. Y mucha gente ha sentido miedo, el miedo paralizante de que le pueda pasar algo o le pase algo a sus seres queridos, el miedo que nos cierra la garganta y ahoga los gritos que salen del alma, el miedo que se refugia en el silencio, pero el silencio no es la mejor opción.

Luego viene la propaganda, hacer creer que el sistema todo lo sabe, que estás vigilado e investigado, que eres espiado y escuchado, que todo está controlado y que no vale la pena albergar la más mínima esperanza en un cambio, porque “a esta gente no hay quien los tumbe”, porque “esto no hay quien lo cambie”, porque “lo mejor que uno puede hacer es irse”, y cuando no hay esperanza, lo mejor es “adaptarse”, seguir la corriente, y callarse, guardar el mayor de los silencios, para no buscarse problemas, pero el silencio no es la mejor opción.

Al final es una paradoja: tenemos miedo de hablar y tenemos miedo de seguir aguantando mientras callamos; tenemos miedo de morir y miedo de vivir siempre en la miseria y en la esclavitud de la ausencia de horizontes. En el fondo, es vivir entre miedo y miedo.

Porque todo en la vida tiene un precio, hablar tiene un precio, pero callar también lo tiene. Si hablamos, podemos sufrir, podemos ser reprimidos, pero estaremos abriendo un camino hacia la libertad. Si callamos, tendremos estabilidad, que no es paz, pero será siempre la estabilidad tensa del esclavo. Por eso, el silencio no es la mejor opción.

Hoy hay muchos gritos ahogados en nuestra tierra, sazonados con la rabia de una represión recrudecida: multas injustas, jóvenes en prisión, personas “reguladas” (como el P. Castor Álvarez), a quienes se les niega el derecho de viajar fuera del país; formularios en las escuelas que piden no sólo un diagnóstico familiar de la “integración revolucionaria” sino que piden además “relacionar las familias que manifiesten problemas políticos ideológicos o manifestaciones contra la Revolución”…, gritos y rabias que la más de las veces desahogamos de la puerta hacia adentro, pero que asumimos con resignación de la puerta hacia afuera, como si el silencio fuera la mejor opción.

Lenin escribió: “Hay que estar preparados para mentir, engañar, hacer operaciones ilegales, omitir o suprimir la verdad”. Cristo dijo: “La verdad los hará libres”. Por cuidarnos y por cuidar a los nuestros, por protegernos y proteger a los nuestros, hemos mentido, hemos callado, nos hemos silenciado, no hemos protestado, no nos hemos expresado. Temerosos de pagar los precios de la verdad, hemos pagado con creces los precios del silencio, intentando convencernos una y otra vez que, a la larga, nuestras vidas y las vidas de nuestros hijos tendrían, si no un presente, al menos un futuro, pero la realidad se impone, la realidad ha hablado y ha sido clara: no, callar no es el camino, la opción no es el silencio.